
Las capacidades motoras del ser humano desafiadas por un entorno hostil, donde existía una disponibilidad de alimentos reducida, fueron el eje fulcral de numerosos cambios que permitieron a nuestros antepasados cazadores-recolectores nómadas y más adelante agricultores, supervivir y desarrollarse en un ambiente poco amigable.
La característica del pie humano, con un arco plantar longitudinal, dedos cortos, tendones largos con propiedades de resorte, articulaciones con una mayor área en las extremidades inferiores vs superiores, la musculatura estabilizadora de la columna, ventrículos cardíacos con capacidad para albergar una importante cantidad de sangre y características ventilatorias sobresalientes, permitieron al ser humano el movimiento erguido y bípedo, además de poseer una importante capacidad de resistencia para desplazarse a grandes distancias.
El desarrollo de sofisticados patrones de movimiento, impulsaron en parte el desarrollo de capacidades cognitivas únicas, necesarias para percibir, detectar presas y depredadores, determinar distancias y elaborar estrategias de movimiento óptimas. La utilización de mecanismos avanzados de termorregulación (gran número de glándulas sudoríparas en la cabeza, poco cabello, piel altamente vascularizada, etc.), garantizaron la protección de un gran cerebro contra las altas temperaturas.
El movimiento impulsó lo que somos, la falta de movimiento de las generaciones actuales puede desdibujarnos, lo cual se hace manifiesto en parte con el aumento de las enfermedades crónicas propias de las sociedades actuales.
Furrer, R., Hawley, J. A., & Handschin, C. (2023). The molecular athlete: exercise physiology from mechanisms to medals. Physiological reviews, 103(3), 1693–1787. https://doi.org/10.1152/physrev.00017.2022





