
La microbiota intestinal (conjunto de microbios que coexisten en nuestro tracto gastrointestinal), cumple un rol escencial en el mantenimiento de la salud metabólica e inmunológica de todo el cuerpo, y por lo tanto también está involucrada en la patogenia de varias enfermedades crónicas comunes y en el rendimiento del ejercicio.
Una reciente revisión sistemática que incluyó 16 estudios, encontró que en general, el ejercicio de resistencia puede promover varios beneficios en la función y diversidad de la microbiota, principalmente incrementando la cantidad y actividad de bacterias benéficas (p.ej., bacteroidetes, parabellum, etc.) y disminuyendo la diversidad de bacterias no tan benévolas (p.ej., productoras de lipopolisacáridos). Esto se traduce en efectos inmunoreguladores y metabólicos positivos, así como la mejora de la disponibilidad de sustratos energéticos adicionales para el ejercicio (p.ej., propionato).
Sin embargo, la realización de ejercicio extenuantes, que combina tanto una alta intensidad, como una importante duración (p.ej., ultramaratones), produce por supuesto varios efectos negativos agudos a nivel intestinal y de la microbiota (p.ej., aumento de la permeabilidad intestinal, inflamación aguda local y lesión, endotoxemia leve, etc.). Esto puede impactar negativamente el rendimiento durante la competición, lo cual debe ser contrarrestado por los entrenadores.
Aunque con la adecuada recuperación y un régimen de entrenamiento bien implementado, los efectos negativos agudos, en realidad pueden impulsar adaptaciones beneficiosas, incluso en la microbiota, una excesiva aplicación de cargas de entrenamiento, sin tener en cuanta la capacidad de recuperación del atleta, puede perpetuar las respuesta agudas no favorables, ocasionando un estado cronificado de disfunción en la microbiota intestinal (llamada también disbiosis), lo cual puede alterar la salud del atleta y por ende su rendimiento. Esta puede ser otra vía de manifestación del síndrome de sobreentrenamiento.





