
La autofagia (comerse a si mismo), es un proceso celular altamente conservado (regulado in extremis para no permitir aumentos o disminuciones excesivas) que permite renovar la maquinaria celular, al degradar proteínas disfuncionales y mal plegadas, orgánulos dañados y otros «desechos» celulares. La óptima regulación de este proceso, asegura una mejor salud celular, evitando daños prematuros y apoptosis exacerbada.
La autofagia puede activarse por varios mecanismos, entre los que se encuentran la baja disponibilidad de energía intracelular (menor ATP y más AMP), estrés oxidativo, hipoxia, privación de factores de crecimiento y nutrientes como los aminoácidos y la glucosa.
El ejercicio físico es uno de los más potentes estímulos externos que regulan la autofagia (en episodios agudos la activa y a largo plazo la optimiza) ya que propicia un ambiente extra e intra celular (como el ya descrito) que desencadena las vías de señalización molecular de la autofagia (orquestadas principalmente por mTOR, AMPK, CaMK, entre otros) que a su vez regulan las proteínas ULK1, Beclin1, Atg, LC3 relacionadas con la formación del autofagosoma que finalmente se fusionará con los lisosomas para el proceso de degradación.
Gracias a los episodios intermitentes y repetidos de ejercicio (ya sea de resistencia, fuerza o combinados) este proceso de autofagia se ve regulado de manera positiva, mejorando la salud de varios tejidos y órganos.
Este es otro mecanismo por el cual el ejercicio mejora nuestra salud. Hay que decir que la magnitud del impacto del ejercicio agudo y crónico sobre la autofagia, puede ser dependiente de la dosis (además del estado nutricional), siendo que ejercicios de mayor intensidad y volumen pueden proporcionar un mayor estímulo de adaptación celular a este proceso, pero el ejercicio excesivamente intenso y de muy alto volumen, puede afectar negativamente la autofagia.
doi.org/10.1007/978-981-16-4525-9_2





