
A través de varios mecanismos, el ejercicio regular puede prevenir/retrasar los cambios fisiopatológicos que se dan a medida que envejecemos y que deterioran la función y estructura cardiaca.
Estos cambios que se dan con el envejecimiento, pueden aumentar el riesgo de enfermedades cardiovasculares como por ejemplo la insuficiencia cardíaca, que esta estrechamente relacionada con el desgaste de los telómeros (extremos de los cromosomas), el deterioro de la función mitocondrial (que provoca estrés oxidativo), la senescencia celular (que promueve un fenotipo inflamatorio asociado a la senescencia: PSAS), y fibrosis (acumulación excesiva de tejido conectivo). El ejercicio puede mejorar todos estos factores, atenuando el deterioro de nuestro músculo cardíaco.
Por tanto, el ejercicio de nuevo es fundamental para preservar la salud a medida que se produce el inevitable envejecimiento.





