
La acumulación de grasa alrededor de tus órganos internos, debido a la hipertrofia (aumento del tamaño del adipocito) e hiperplasia (aumento del número de adipocitos) de células adiposas, se da principalmente como consecuencia de los malos hábitos de vida (sedentarismo, inactividad física y mala alimentación), al estrés crónico y a problemas de ansiedad y depresión.
Esta grasa es particularmente patológica por varias razones, que la diferencian de la grasa subcutánea. Una de ellas, es su alta actividad lipolítica, ocasionada por un mayor contenido de receptores adrenérgicos beta 3 en la membrana de los adipocitos viscerales; lo que quiere decir que, hay una mayor estimulación de catecolaminas (adrenalina y noradrenalina) en tejido adiposo visceral vs subcutáneo. Esto aumenta la cantidad de ácidos grasos plasmáticos y la entrada de estos al hígado por vía portal, lo que en consecuencia, puede producir lipotoxicidad hepática.
La lipotoxicidad hepática puede llevar a trastornos como resistencia a la insulina e hígado graso no alcohólico.
A su vez, el tejido adiposo visceral, presenta una mayor cantidad y actividad de lipoproteínas lipasas (LPL), lo que permite una mayor hidrólisis (ruptura) de triglicéridos circulantes y la posterior liberación y entrada de ácidos grasos de cadena corta y saturados, al tejido adiposo visceral, favoreciendo así el aumento de los depósitos de triglicéridos en este tejido. El crecimiento de los depósitos de triglicéridos, favorece la hipertrofia de los adipocitos viscerales, y esto provoca una mayor infiltración de macrófagos en este tejido y por tanto, un aumento de la actividad proinflamatoria.
Por lo tanto, más allá de la cantidad de grasa presente y su rol en la estética; la localización de la grasa (central o periférica), parece más determinante a la hora de hablar de salud. Y es que personas con altos índices de grasa visceral, independientemente de la cantidad total de grasa, van a ser más propensos a enfermedades crónicas no transmisibles como la diabetes tipo 2, y a trastornos cardiovasculares como la ateroesclerosis.
Afortunadamente, el tejido graso visceral, es el primero en responder al ejercicio, reduciéndose de manera significativa en las primeras semanas de la planificación
Tanto el entrenamiento aeróbico como el entrenamiento de fuerza, han mostrado eficacia para reducir la grasa visceral. Incluso el efecto parece potenciado con la combinación de ambas modalidades de ejercicio (entrenamiento concurrente).





